Un coronadeño en el Imperio Mam Featured

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Las fronteras físicas entre países son la peor pesadilla al viajar: ahí puede pasar cualquier cosa (y nunca buena), a lo más que se puede aspirar es a no perder demasiado tiempo, ni dinero ni salud. El paso de México a Guatemala fue mucho menos pesadillesco de lo imaginado.


La gran ironía de las fronteras es lo subjetivas y cambiantes que son. Por ejemplo, Huehuetenango es hoy un departamento de Guatemala, pero antes de la conquista española pertenecía a la Nación Maya, que se extendía por Mesoamérica sin controles aduaneros ni migratorios (hasta donde se sabe). Lo que sí se sabe y se puede comprobar en la población huehueteca es el orgullo por su herencia maya. De hecho, tuvieron su propio reino con pirámides y lengua antes de la llegada europea: el Imperio Mam, cuyos descendientes siguen hablando en mam y utilizando la vestimenta milenaria y las leyendas y recetas ancestrales. Para cuando llegué a Huehuetenango, yo era un pedazo de plastilina cubierta de sudor. Fui el último en bajarme/recuperarme del viaje. Le pregunté al chofer dónde estaba la estación y señaló una calle hacia abajo, repleta de un caos similar al de la frontera. Debo decirlo: nunca encontré la terminal. Pero había dos polis en la esquina y les pregunté por un cajero automático y su respuesta de “ve pregunta a aquella tienda” no me satisfizo. Lo más tonto es que les hice caso y la jovencita me dio otra explicación compleja. Finalmente, y delante de todas estas personas que esperaban que hiciera lo que me habían indicado, me monté en el primer taxi que vislumbré y le dije pasemos primero por un cajero automático. Huehuetenango me recordó enormemente a Santo Domingo de los Tsáchilas en Ecuador, tanto estructuralmente como en términos de caos vial y urbano y organizacional. La Chacra de Joel fue el primer hotel que yo recuerde al que llegué sin reservación. Asumí que por su lejanía del centro de Huehuetenango no tendría problemas. Además, lo peor que podía pasar era que tuviera que irme en el mismo taxi a buscar otro hotel. Pero no fue necesario. El taxista penetró entre callejuelas y cuestas y curvas y finalmente por la calle empedrada y rodeada a ambos lados de floridos árboles que de noche no se veían tan amistosos hasta una lona al fondo que decía recepción. Me atendió una chica muy amable a quien le entregué los 150 quetzales y a cambio ella me extendió una llave con la cual abrí una habitación al otro lado de aquella estructura de posada con jardín en el centro, incluyendo una fuente sin agua y a lo lejos una piscina, también sin agua. Aunque eran como las diez de la mañana, igual me sirvieron desayuno. La recepcionista se cansó de explicarme dónde era la parada del bus que iba a la zona arqueológica de Zaculeu (pirámides incluidas), por lo que sacó su moto y me dijo montate, y yo pregunto: y de dónde me agarro; pues de aquí cabal, dijo, tocándose las caderas. Iba con miedo de que nos chocara su esposo o que me entrara algún objeto metálico en mi organismo, atravesando inevitable y dolorosamente mi epidermis. La recepcionista me dejó en la parada. Me despedí de sus caderas y me monté en el bus a Zaculeu, que era tan Bluebird como el de La Mesía-Huehuetenango pero con un 400% menos de pasajeros. Me bajé donde debía y crucé la calle y pagué la cuota de extranjero y ante mis ojos ¡el gran imperio Mam! Lo que más me gustó fue observar y vivir tan de cerca un ritual mam en su lugar sagrado: una pareja mayor tenía una fogata frente a la fachada principal del templo mayor donde oraban y prendían velas y echaban agua al fuego y a la tierra y lanzaban al aire plegarias mientras se cubrían del solazo con enormes sombrillas. Yo ni oré ni llevé mi paraguas ni mucho menos bloqueador solar y ni siquiera lentes de sol, por lo que no la pasé físicamente nada bien. En todos los selfies salí con los ojos cerrados y una jacha como de asco o lucha interior irreconciliable. Zaculeu fue zaculeado (saqueado) por la Yunai Frui Compani. Sus “arreglos arqueológicos” no fueron más que una sucia excusa para barrer con todos los metales, cerámicas y piedras que encontraron bajo tierra. Entonces conocí a Manuel, el fotógrafo de las ruinas, o más bien de los turistas sobre las ruinas, quien gentilmente aceptó tomarme una foto con mi teléfono, y luego hizo conversación en busca de que le comprara una foto. Preguntaba sobre el modelo de mi teléfono. Al final me tomó la foto en unas ruinas abandonadas y tristes. En la infaltable zona de artesanías encontré a las quitapenas, unas muñequitas con traje típico que como su nombre indica, sirven para aliviar las penalidades. Las quitapenas funcionan así: se pone una debajo de la almohada antes de dormir, pidiéndole la resolución de X problema. Se supone que a la mañana la mujer en miniatura ha resuelto todo. Es como el hada de los dientes maya, pero con muñequitas. Más allá de la eficacia, se trata de objetos de gran valor artesanal, coloridas y curiosas figuras que reflejan la habilidad para aprovechar el turismo. Con las quitapenas en mi poder, tomé rumbo al centro de Huehuetenango, era hora de ver en qué se había convertido el poderoso Imperio Mam en pleno siglo XXI en una región ahora llamada Centroamérica.

 

DIEGO MORA 1

 

 

DIEGO MORA 2

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