Un coronadeño -y su doppelgänger- cruzando la frontera México-Guatemala Featured

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El recorrido por el sur de Chiapas hasta la frontera con Guatemala fue literalmente un sueño rápido y caluroso rodeado de familias ansiosas de llegar a sus casas. En Ciudad Cuauhtemoc almorcé frente al puesto de migración mexicano. Pollo con frijoles y tortillas y aguacate acompañado de una cuantiosa cantidad de moscas-comensales que también tenían mucha hambre. Al frente otro mochilero comía y repetía todo lo que yo hacía: era mi doppelgänger (expresión alemana que se refiere al doble “fantasmal” de uno mismo). Creo que por lo mismo lo ignoré todo cuanto pude mientras se cargaba mi teléfono encima de un colchón a orillas del restaurante. Mi doppelgänger terminó de comer antes y se fue directo a migración. Yo me decía: mejor que pase el mae primero para no sentir paranoia (los puestos fronterizos siempre me despiertan desconfianza, los oficiales suelen aprovechar su autoridad para joderle la vida a todo mundo). Después de pagar y cruzar la calurosa calle, ahí estaba mi doppelgänger tratando de explicar que no le alcanzaba para los impuestos de salida. Uno de los oficiales le señaló el cajero automático, en donde se quedó cuando yo ya cruzaba otra vez la calurosa calle con un sello más en el pasaporte. Me acerqué al primer taxi que vi, subí las maletas, pero el chofer no se montaba al carro. Entonces me dijo: es colectivo, faltan dos personas más para salir, y en eso llega mi-otro-yo-mochilero y luego de echar todas sus cosas (incluyendo una tabla de surf) en la cajuela (encima de lo mío) se sentó a mi lado y nos saludamos. Soy Babeck Osiris Amanpour, de Dortmund, Alemania; dijo mi doble con nerviosismo. Ahora iba rumbo a su primer enfrentamiento directo con Centroamérica, y eso es rudo para cualquiera, incluso para los locales, a sabiendas de que es zona de tránsito de migrantes indocumentados, y, por ende, de sus victimarios: los mareros, y donde hay mareros, estén donde estén, habrá problemas… muchos y muy feos.

 

El trayecto en taxi estaba compuesto por decenas de cientos de puestos callejeros de ventas textiles de quinta categoría. Lo único que llamó mi atención fueron las bolsas enormes para echar ropa, sí, esas con dibujos full color de los personajes de Disney. Necesitaba una con urgencia para echar todos los pesadísimos libros leñateros que iban en dos bolsas de papel que estaban esperando -como suele pasar- el momento y lugar más dramático e inoportuno para romperse. Pero las tiendas no se acababan y el camino no se acababa y era como vivir un sueño muchas veces seguidas sin poder detenerlo. Hasta que apareció el clásico “Bienvenidos a __” que tienen casi todas las fronteras; en este caso con la palabra “Guatemala”. Cuando por fin completamos la cuota del taxista a puras monedas mexicanas, mi doppelgänger y yo ya éramos compitas. “Welcome to hell”, debí decirle con honestidad, pero lo suavicé con un “bienvenido al tercer mundo del tercer mundo”, e igual se asustó un toque. Bajamos todas nuestras pertenencias que habían llenado por completo la cajuela del taxi y yo comencé a caminar sin la menor idea de para dónde agarrar en aquel caos visual cargado de las mismas tiendas de textiles de quinta y puestos de bebidas y comidas rodeándonos junto a gente randomizada en la escena, que también aportaba su buena dosis de complejidad al panorama. Babeck me seguía nervioso y ¡CLAC!, se rompe la primera bolsa de papel con los libros. Como dije, estas bolsas siempre esperan el momento y lugar más dramático e inoportuno para hacer el show. Como si se tratara de una típica peli de Indiana Jones o La momia, cada vez iba volviéndose más difícil el andar entre el sol abrasador y el peso de las mochilas y demás chunches que cargábamos. Yo llevaba como podía los libros, balanceándose encima de mis manos, hasta que un oficial despistado nos “invitó” a seguirlo hasta la caseta de “la migra”. ¡El güevón pensó que íbamos pa México! Mientras nos ponían el sello, yo veía para todo lado tratando de ubicarme, de entender lo que seguía, pero entre los locales y los mochileros apostados afuera del puesto migratorio echados como vacas listas pa cualquier sacrificio, me estaba confundiendo más, y los tipos de la migra chapina no lucían tan amables como los mexas. ¿Y ahora qué?, me preguntó Babeck, y lo primero que le dije fue: suave, voy a comprar una bolsa para echar estos libros, ya vengo. Ahí iba yo entre los cientos de puestos callejeros con una gigantesca mochila en la espalda, otra negra guindando de un hombro y con las dos manos haciendo malabares con los pesados libros. Irónicamente, no encontré ni una sola de las ridículas bolsas disneyanas. Babeck fue a tratar de sacar quetzales del cajero mientras yo, cuidando aquella cantidad de maletas de todos colores, seguía sudando y pensando en dónde echar esos libros. Babeck volvió con cara de “no funcionó”, y -en efecto- me dijo “no funcionó”, entonces yo fui a intentarlo, y unos cinco minutos después era yo el que le decía con la mirada y luego con la voz: “no funcionó”. Tendríamos que jugárnosla con pesos mexicanos, a merced del tipo de cambio que quisieran cobrarnos.

Desde aquel nuevo ángulo reconocí bolsas grandes y resistentes de mecate, no de Disney, sino de rayas azules y blancas. Le dije a la niña que atendía que si podía pagar con pesos porque aún no teníamos quetzales. Tres pesos son entonces, dijo, y como no me alcanzaban las monedas le di un billete de 50 y me hizo la peor de todas las caras que vi ese día, y fueron muchas. Fue tanta la mala vibra que transmitía mientras buscaba monedas por todos lados de su puestito que fui a pedirle a Babeck el peso que me faltaba. Ahora sí, con los libros seguros dentro de una bolsa de mecate azul con blanco iba yo dirigiendo a mi doppelgänger a la añorada terminal de buses. Él llegaría hasta Quetzaltenango, yo hasta Huehuetenango. Decir esos nombres implica un nivel muy alto de incertidumbre para un viajero que nunca ha cruzado por tierra una frontera centroamericana. La terminal de buses resultó una caótica estructura en una caótica calle y en una curva tan peligrosa que, de no ser por el sonido de los motores, no existirían estas palabras sino otro poeta tico de muerte prematura con moto implicada.

Era un colorido y destartalado Bluebird, o como dijo Babeck: un chicken bus, y en efecto en el techo iban toda clase de cajas, bolsas y objetos de complicada descripción. Adentro lo pintoresco tomaba tonos barroco-kitch. Me acomodé en la penúltima fila en el asiento de la ventana derecha; Babeck en el de la izquierda. Como no iba lleno de gente, decidí colocar mi mochila grande en el asiento de al lado, y ahí siguió su buen rato hasta que conforme avanzaba aquella lata lanzahumo y lanzabasura (increíble la conducta automatizada de botarlo todo por las ventanas) se fue llenando, y llenando, y llenando. Ahora todas las mochilas y bolsas iban en mis regazos. A mi lado, una indígena con su ropa típica indígena llevaba a una de sus hijas en los regazos, a otra entre las piernas, e increíblemente otra en la espalda (nunca entendí cómo no se ahogó esa bebé). A la par de esta joven madre iba otra joven madre con otra hija, y en el medio, apenas sostenido por un cuarto de nalga, un señor a cuyo lado estaba otra mujer con otros dos niños y allá, al fondo, pegado a la pared y a la ventana como yo, Babeck, con una cara de sorpresa mayúscula. Welcome to C.A. my friend, le dije con una sonrisa.

El camino tenía unas vistas impresionantes de gigantescos peñascos a ambos lados de la vía, peñascos que simulaban monstruos gigantes, o robots gigantes, o guerreros gigantes; qué gigantes, ¡dioses olímpicos! Fue una sensación intimidante y aleccionadora de la ridiculez humana, todo desde aquella ventana de apertura/cierre vertical con una mochila que con cada brinco presionaba órganos ubicados a la derecha del estómago o por esos lados. El chequeador del bus no solo cobraba, sino que acomodaba las maletas en el techo ¡y también a las personas! Era como si jugara Tetris con nosotros, y era muy buen jugador. También muy buen trepador, pues constantemente subía y bajaba del techo del bus que iba en movimiento, y cuando se detenía para bajar/subir gente, él debía correr tras la lata y engancharse de nuevo a la puerta trasera que se abría y cerraba constantemente. No dormí ni un minuto. Era la tensión de estar enlatado literalmente junto a un grupo considerable y definitivamente no apto para la cantidad de asientos disponibles e incluso para las medidas de aquel automotor. La muchacha indígena se rulió en mi hombro y yo no sabía muy bien qué hacer, sabiendo que su esposo iba en el asiento de atrás. Lo que hice fue aprovechar los tumbos (reductores de velocidad, conocidos en Tiquicia como “muertos”) para moverme más de la cuenta tratando de que se despertara o al menos se acomodara. Babeck estaba realmente estresado, en cualquier momento le dirían bajate con todas tus cosas y montate en aquel bus ya en movimiento si es que querés dormir hoy en Xela, o Chela, o Xelajú, o Quetzaltenango, todos son sinónimos. Pobre, eso fue lo que le pasó literalmente. Allá iba mi doppelgänger, corriendo entre el polvo y el sol como una pieza de Tetris forrada en mochilas y con una tabla de surf, tratando de alcanzar su chicken bus; mientras yo continuaba rumbo a Huehuetenango, donde me esperaban unas historias que ya no caben en esta página de El Coronadeño y que tocará esperar hasta la próxima edición a ver si las publican. 

 

 

CORONADEÑO DIEGO

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