Un coronadeño visitando a los Leñateros II Featured

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Diego Mora

Para El Coronadeño Hoy

 

El Taller Leñateros, ubicado en San Cristóbal de las Casas, me resultó tan mágico como me lo imaginaba, repleto de objetos chivas y colorido hasta en el techo; así como el árbol de aguacate en la entrada. Una de las seis empleadas que quedaban trabajando (de las 25 que fueron en los tiempos mozos) me dio el tour por todas y cada una de las fases de creación de los libros: la confección del papel (a partir de flores y/o materiales reutilizados como cartón), la elaboración de los tintes naturales y el proceso de encuadernación. Luego me metí a la tienda que atendía un mae llamado Miguel. Ahí pasaría las próximas dos horas entre revisión de libros y conversación con él. Fue toda una revelación irme enterando poco a poco de la pésima administración en la que se encontraba el proyecto desde que jaló su fundadora, Ámbar Past, y pasó a manos de un abogado que solo aparece para llevarse el dinero.

 

El proyecto ya no tiene nada de colectivo sino de burdo negocio capitalista. Se les redujeron los salarios a los empleados, bajaron las ventas, despidieron o renunciaron casi todos, se perdieron importantes colaboradores y clientes por el pésimo trato del “licenciado” como le llaman al jefe con una voz entre el miedo y la resignación. Miguel me contó todo con detalles como si estuviera haciendo catarsis en terapia laboral. Todo esto en medio de visitantes extranjeros que tocaban los libros y las agendas con curiosidad antropológica, pero se iban con las manos vacías. Miguel me dio su teléfono y el del licenciado, pidiéndome que por favor le contara cualquier cosa que descubriera, ya que ellos como empleados no sabían lo que les esperaba. En dos bolsas grandes de cartón llevaba orgulloso el resultado material de todo este viaje, de toda la investigación (para mi tesis sobre libros cartoneros), de toda la burocracia que me permitió adquirir libros y postales leñateras. El más importante es el maravilloso libro Conjuros y ebriedades, hecho con portada de cartón y que contiene 43 cantos ancestrales de mujeres tzotziles de los Altos de Chiapas, que no saben leer, pero que heredaron esa oralitura de sus antepasados.

Con una satisfacción agridulce bajé por la calle con mi “presa aún fresca” después de la caza. Pensé seriamente en dejarlo todo e irme a dirigir a los leñateros como se debe, incluso iba viendo sitios que se rentaban y me decía: vendo todo y me establezco y a pura pasión sacamos adelante el proyecto hasta volverlo otra vez un colectivo, y encontrar pareja y casarme y que mi familia venga a visitarnos y nosotros ir a visitarlos. Las típicas babosadas que se le ocurren a uno. Hasta que llegué al hotel y tuve que recoger las maletas, llevarlas a una nueva habitación de un nuevo hotel donde caí rendido deliciosamente en una cama king size.

En mi último día en aquella región alucinante de Latinoamérica, almorcé en el jardín de un hotel llamado Casa de la madre, o algo así. Pedí tacos de arrachera y la humilde empleada me enseñó el menú donde había un platillo con dicha carne, pero no tacos. Ya me iba cuando la dueña levanta la voz desde una mesa lejana y dice: ¡pues se los hacemos en tacos! Dicho y hecho: platillo de carne, otro con tortillas, otro con frijoles molidos y uno más con guacamole. De tomar, naranjada. ¿Qué más pedir? Era el último día en Sancris y quería simplemente caminar sin ninguna limitación. Es ahí cuando aparecen los lugares más interesantes, como la librería escolar donde me vendieron libros de Jaime Sabines, el japonés pintando retratos en el parque con pañuelo zapatista para su expo del miércoles, la pastelería donde comí un exquisito postre de chocolate, el grupo hippie de world music recién armado en la calle repleta de turistas. Mis lugares favoritos eran los menos transitados, donde aparecían sitios más subterráneos, como una librería de corte político donde encontré un libro con un poema mío: el de la versión libre de “América” de Allen Ginsberg, publicado en Nueva York. Fue tuanis ver que tenían marcado con pilot fosforescente mi frase “diego soy américa”. ¿Recuerdan a la chica con lentes y pelo lacio largo que usaba su laptop y que cuando volví a verla disimuladamente estaba tomándose un selfie hermoso? Pues no la vi más. Entonces regresé al hotel a eso de las 11 con una serenidad algodonada y bajo una llovizna tenue y refrescante leí estas palabras de las leñateras: “El canto es como la piedra que el correr del río va puliendo con los años. Su aliento abraza a las Madres. Da luz al mundo. Cantan. Del vientre del canto nace todo”.

 

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