16
Julio

El Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York está considerado por muchos como el más importante del mundo en su categoría, con más de 150 mil obras de reconocimiento internacional; incluyendo artistas de la talla de Frida Kahlo, Andy Warhol, Henri Matisse o Jackson Pollock, por mencionar algunos nombres.

09
Febrero

Las fronteras físicas entre países son la peor pesadilla al viajar: ahí puede pasar cualquier cosa (y nunca buena), a lo más que se puede aspirar es a no perder demasiado tiempo, ni dinero ni salud. El paso de México a Guatemala fue mucho menos pesadillesco de lo imaginado.


La gran ironía de las fronteras es lo subjetivas y cambiantes que son. Por ejemplo, Huehuetenango es hoy un departamento de Guatemala, pero antes de la conquista española pertenecía a la Nación Maya, que se extendía por Mesoamérica sin controles aduaneros ni migratorios (hasta donde se sabe). Lo que sí se sabe y se puede comprobar en la población huehueteca es el orgullo por su herencia maya. De hecho, tuvieron su propio reino con pirámides y lengua antes de la llegada europea: el Imperio Mam, cuyos descendientes siguen hablando en mam y utilizando la vestimenta milenaria y las leyendas y recetas ancestrales. Para cuando llegué a Huehuetenango, yo era un pedazo de plastilina cubierta de sudor. Fui el último en bajarme/recuperarme del viaje. Le pregunté al chofer dónde estaba la estación y señaló una calle hacia abajo, repleta de un caos similar al de la frontera. Debo decirlo: nunca encontré la terminal. Pero había dos polis en la esquina y les pregunté por un cajero automático y su respuesta de “ve pregunta a aquella tienda” no me satisfizo. Lo más tonto es que les hice caso y la jovencita me dio otra explicación compleja. Finalmente, y delante de todas estas personas que esperaban que hiciera lo que me habían indicado, me monté en el primer taxi que vislumbré y le dije pasemos primero por un cajero automático. Huehuetenango me recordó enormemente a Santo Domingo de los Tsáchilas en Ecuador, tanto estructuralmente como en términos de caos vial y urbano y organizacional. La Chacra de Joel fue el primer hotel que yo recuerde al que llegué sin reservación. Asumí que por su lejanía del centro de Huehuetenango no tendría problemas. Además, lo peor que podía pasar era que tuviera que irme en el mismo taxi a buscar otro hotel. Pero no fue necesario. El taxista penetró entre callejuelas y cuestas y curvas y finalmente por la calle empedrada y rodeada a ambos lados de floridos árboles que de noche no se veían tan amistosos hasta una lona al fondo que decía recepción. Me atendió una chica muy amable a quien le entregué los 150 quetzales y a cambio ella me extendió una llave con la cual abrí una habitación al otro lado de aquella estructura de posada con jardín en el centro, incluyendo una fuente sin agua y a lo lejos una piscina, también sin agua. Aunque eran como las diez de la mañana, igual me sirvieron desayuno. La recepcionista se cansó de explicarme dónde era la parada del bus que iba a la zona arqueológica de Zaculeu (pirámides incluidas), por lo que sacó su moto y me dijo montate, y yo pregunto: y de dónde me agarro; pues de aquí cabal, dijo, tocándose las caderas. Iba con miedo de que nos chocara su esposo o que me entrara algún objeto metálico en mi organismo, atravesando inevitable y dolorosamente mi epidermis. La recepcionista me dejó en la parada. Me despedí de sus caderas y me monté en el bus a Zaculeu, que era tan Bluebird como el de La Mesía-Huehuetenango pero con un 400% menos de pasajeros. Me bajé donde debía y crucé la calle y pagué la cuota de extranjero y ante mis ojos ¡el gran imperio Mam! Lo que más me gustó fue observar y vivir tan de cerca un ritual mam en su lugar sagrado: una pareja mayor tenía una fogata frente a la fachada principal del templo mayor donde oraban y prendían velas y echaban agua al fuego y a la tierra y lanzaban al aire plegarias mientras se cubrían del solazo con enormes sombrillas. Yo ni oré ni llevé mi paraguas ni mucho menos bloqueador solar y ni siquiera lentes de sol, por lo que no la pasé físicamente nada bien. En todos los selfies salí con los ojos cerrados y una jacha como de asco o lucha interior irreconciliable. Zaculeu fue zaculeado (saqueado) por la Yunai Frui Compani. Sus “arreglos arqueológicos” no fueron más que una sucia excusa para barrer con todos los metales, cerámicas y piedras que encontraron bajo tierra. Entonces conocí a Manuel, el fotógrafo de las ruinas, o más bien de los turistas sobre las ruinas, quien gentilmente aceptó tomarme una foto con mi teléfono, y luego hizo conversación en busca de que le comprara una foto. Preguntaba sobre el modelo de mi teléfono. Al final me tomó la foto en unas ruinas abandonadas y tristes. En la infaltable zona de artesanías encontré a las quitapenas, unas muñequitas con traje típico que como su nombre indica, sirven para aliviar las penalidades. Las quitapenas funcionan así: se pone una debajo de la almohada antes de dormir, pidiéndole la resolución de X problema. Se supone que a la mañana la mujer en miniatura ha resuelto todo. Es como el hada de los dientes maya, pero con muñequitas. Más allá de la eficacia, se trata de objetos de gran valor artesanal, coloridas y curiosas figuras que reflejan la habilidad para aprovechar el turismo. Con las quitapenas en mi poder, tomé rumbo al centro de Huehuetenango, era hora de ver en qué se había convertido el poderoso Imperio Mam en pleno siglo XXI en una región ahora llamada Centroamérica.

 

DIEGO MORA 1

 

 

DIEGO MORA 2

14
Enero

El recorrido por el sur de Chiapas hasta la frontera con Guatemala fue literalmente un sueño rápido y caluroso rodeado de familias ansiosas de llegar a sus casas. En Ciudad Cuauhtemoc almorcé frente al puesto de migración mexicano. Pollo con frijoles y tortillas y aguacate acompañado de una cuantiosa cantidad de moscas-comensales que también tenían mucha hambre. Al frente otro mochilero comía y repetía todo lo que yo hacía: era mi doppelgänger (expresión alemana que se refiere al doble “fantasmal” de uno mismo). Creo que por lo mismo lo ignoré todo cuanto pude mientras se cargaba mi teléfono encima de un colchón a orillas del restaurante. Mi doppelgänger terminó de comer antes y se fue directo a migración. Yo me decía: mejor que pase el mae primero para no sentir paranoia (los puestos fronterizos siempre me despiertan desconfianza, los oficiales suelen aprovechar su autoridad para joderle la vida a todo mundo). Después de pagar y cruzar la calurosa calle, ahí estaba mi doppelgänger tratando de explicar que no le alcanzaba para los impuestos de salida. Uno de los oficiales le señaló el cajero automático, en donde se quedó cuando yo ya cruzaba otra vez la calurosa calle con un sello más en el pasaporte. Me acerqué al primer taxi que vi, subí las maletas, pero el chofer no se montaba al carro. Entonces me dijo: es colectivo, faltan dos personas más para salir, y en eso llega mi-otro-yo-mochilero y luego de echar todas sus cosas (incluyendo una tabla de surf) en la cajuela (encima de lo mío) se sentó a mi lado y nos saludamos. Soy Babeck Osiris Amanpour, de Dortmund, Alemania; dijo mi doble con nerviosismo. Ahora iba rumbo a su primer enfrentamiento directo con Centroamérica, y eso es rudo para cualquiera, incluso para los locales, a sabiendas de que es zona de tránsito de migrantes indocumentados, y, por ende, de sus victimarios: los mareros, y donde hay mareros, estén donde estén, habrá problemas… muchos y muy feos.

24
Noviembre

Diego Mora

Para El Coronadeño Hoy

 

El Taller Leñateros, ubicado en San Cristóbal de las Casas, me resultó tan mágico como me lo imaginaba, repleto de objetos chivas y colorido hasta en el techo; así como el árbol de aguacate en la entrada. Una de las seis empleadas que quedaban trabajando (de las 25 que fueron en los tiempos mozos) me dio el tour por todas y cada una de las fases de creación de los libros: la confección del papel (a partir de flores y/o materiales reutilizados como cartón), la elaboración de los tintes naturales y el proceso de encuadernación. Luego me metí a la tienda que atendía un mae llamado Miguel. Ahí pasaría las próximas dos horas entre revisión de libros y conversación con él. Fue toda una revelación irme enterando poco a poco de la pésima administración en la que se encontraba el proyecto desde que jaló su fundadora, Ámbar Past, y pasó a manos de un abogado que solo aparece para llevarse el dinero.

01
Octubre

DIEGO MORA SEP 1

Después de la poderosa experiencia de conocer al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, seguía mi viaje por las selvas mexicanas de Chiapas. Aquella noche fui al Restaurante Belil, famoso por su comida chiapaneca “auténtica”. Lo insospechado es que en efecto era bastante auténtica, pero de ellos, es decir, eran platillos creativamente adaptados por ellos mismos, incluyendo una bebida de achiote que me revolvió el estómago. Lo que me gustó fue el árbol creciendo dentro del lugar rodeado de agua. Y la mesera. Llegué a acostarme temprano porque a las 5 a.m. pasarían por mí para ir a Palenque, una de las zonas arqueológicas imperdibles si a uno le gustan las culturas prehispánicas. Como de costumbre, mi organismo rebelde y juguetón decidió no dejarme dormir. No sé cómo me levanté en aquella oscuridad para ponerme el pantalón y agarrar la mochila y bajar a recepción a dejar la llave y montarme en una van y seguir durmiendo a la par de una señora mayor que de fijo me veía como un delincuente con el gorro de la sueta cubriéndome todo el rostro sin rasurar. Era la abuela peluchón, matrona del clan que controlaría el viaje en todos los sentidos.

28
Agosto

En julio del 2013, el Subcomandante Marcos escribió informando sobre la creación de los Caracoles: “Serán como puertas para entrar a las comunidades y para que las comunidades salgan; como ventanas para vernos dentro y para que veamos fuera; 

26
Julio

Segunda parte

Visitar a los zapatistas no es apto para cualquier turista, me dijo el señor del hostal donde me quedaba en San Cristóbal de las Casas, en Chiapas. ¿Pero por qué?, le pregunté. Porque es un ejército, y como tal tienen que mantenerse alerta ante cualquier ataque del gobierno mexicano; no son una simple atracción turística, de hecho, no les gustan los turistas. Con semejante explicación, a cualquiera se le van las ganas de conocer a los zapatistas, por algo son muy pocos los datos que se encuentran en Internet sobre el asunto. Lo único que pude averiguar fue dónde quedaba el Caracol más cercano. Los caracoles son las regiones organizativas de las comunidades autónomas zapatistas, también llamados Juntas de Buen Gobierno. Había una empresa llamada Sol Tours que ofrecía el tour al Caracol Oventic, el más “accesible”. En su descripción decían: “Nos trasladaremos al campamento de Oventic, un caracol zapatista, es una experiencia que muy pocos pueden llevar a cabo, Oventic nos traslada al corazón del movimiento Zapatista, usted podrá platicar con líderes del movimiento, siempre y cuando se respete en su totalidad los usos y costumbres de la población, y en cada contacto con los indígenas de la región siempre guardar todo el respeto posible, por más extrañas que le parezcan sus costumbres, ya que nuestras costumbres también les parecerán extrañas. Nota: no garantizamos que nos otorguen el permiso de la entrevista, debido a que lo dan en el momento de la visita. Es importante llevar identificaciones personales para el trámite del permiso. Al visitar una zona zapatista es necesario hacer una aportación voluntaria, ya sea económica o en especie”. 

Basado en esta información bastante escueta, me di cuenta de que para llegar hasta el Caracol de Oventic tenía que usar diferentes medios de transporte sin la garantía de que estuvieran disponibles. Lo primero que hice fue reservar un tour a la comunidad de Chamula, la “última” estación turística. La idea era decirles a los del tour que me dejaran “tirado” ahí, y buscar transporte local para llegar al Caracol.  

Empezó el día que tanto había esperado. El tour a la iglesia de Chamula fue toda una experiencia: el sincretismo religioso (mezcla de las tradiciones católicas con las indígenas) se manifiesta aquí con la presencia de dibujos de leones, un tigre y un búfalo gigantesco e intimidante en la cúpula encima del altar. Había familias enteras sentadas en el suelo (en estas iglesias no hay bancas) dirigiéndose a extraños dioses con miles de velas a su alrededor. Pude ver a una familia de tzotziles orando algo en maya que sonaba como rosario y lo que más me impresionó fue que delante de ellos tenían una botella de agua llena de su licor de maíz con caña y.… ¡una botella de Coca-Cola para vomitar los malos espíritus!; de hecho, pasaban escupiendo la gaseosa a cada rato. Cuando terminó el tour a Chamula, la buseta me dejó en plena carretera. Me despedí de los guías y de los compañeros turistas, que me veían con cara de “nunca más lo verá su familia”, o “tómenle fotos para que la policía pueda reconocerlo”.  Lo único con sentido que me dijeron fue “tienes que llegar a Bochil”. Ahí estaba, en medio de las montañas de la Selva Lacandona, en el corazón de la cultura maya tzolzil, con un frío inesperado y bajo la mirada de los pocos carros que pasaban. ¡Estaba más cerca que nunca de conocer a los zapatistas! Próximo mes: tercera y última entrega de este viaje. 

 

DIEGO 1

 

DIEGO 2

 

DIEGO 3

20
Septiembre

Un coronadeño en Tulum: entre pokemones mayas y cenotes

Crucé de Belice a México por mar, específicamente el Mar Caribe. Menos de dos horas en “watertaxi” y ya estaba haciendo fila en migración del puerto de Chetumal, sitio tan caliente como cualquier otra parte de nuestra hermosa e intensa zona caribeña excepto por un detalle: ni un solo afrodescendiente.

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